¿Os imagináis que en el mundo no existiera el silencio? ¿Que no pudiéramos guardar nada para nosotros mismos y todo el tiempo estuviéramos hablando?
Sería raro, y probablemente, habría mucho ruido. Y el ruido nos provoca dolor de cabeza, claro.
¿Pero por qué siempre decidimos que las partes que más afectan a los demás son las partes que más tenemos que guardar?
Sería extraño que todo el tiempo dijéramos lo que pensamos, o que todo el tiempo expresáramos lo que sentimos. Ahí es donde quiero llegar.
Expresar lo que sentimos. Parece fácil. Parece.
La palabra que más me gusta de todo el diccionario es "huyendo". Tiene una magia especial. Y significa muchas cosas. Puedes huir sin salir de la cama. Incluso puedes huir de ti, sin salir de ti. Se dice que huir es de cobardes, pero tienes que ser muy valiente para desaparecer, otra que me encanta. Huir, desaparecer, ocultarse... Todo ello para evitar la realidad, casi siempre.
Alguna vez se han sentido mal, ¿verdad? alguna vez han dicho "madre mía, si yo hoy no hubiera salido de la cama...". Tenemos la costumbre de ocultarnos. De evitar tener con nosotros mismos esa conversación en la que pones de manifiesto qué coño, y perdonen la expresión, estamos haciendo con nuestra vida y a dónde la estamos llevando. Bien.
Es extraño pero es verdad, que cada vez que alguien tiene que tomar un decisión dice lo típico de "déjame solo, que quiero pensar", y nos escondemos. Porque es un escondite lo que encontramos debajo de las sábanas o detrás del bloque de pisos a medio construir que encuentras al subir la segunda cuesta, en la segunda calle a la derecha. Cada uno tiene su pequeño sitio donde se oculta y se siente seguro.
Hace más de un año que no subo a mi bloque de pisos para pensar detenidamente en algo. Vivimos huyendo y vivimos escondidos. Escondidos y huyendo de nada más que nosotros mismos. Siempre evitamos echarnos la culpa, pero la vida no nos persigue, ni el tiempo tampoco, los únicos que estamos ahí, molestando, somos nosotros mismo. Se podría decir lo típico de "vivimos en un mundo con prisa, de locos" cuando lo que realmente queremos transmitir es "vivimos en una cabeza que siempre me mete prisa, que siempre quiere la máxima rentabilidad en el mínimo tiempo y que siempre quiere la perfección sin ser yo nada de eso." Pero es más largo. (Si alguien ve alguna prisa corriendo por las calles, por favor que le eche una foto, me la mande a mi correo y seguidamente borraré esta entrada y me dedicaré a otras cosas que no sean pensar o escribir)
A lo único que quiero llegar es a decirme a mí misma que el tiempo está claro que no se detiene, pero que tampoco hace falta que intente que cada segundo de mi universo esté controlado. Porque no, Carmen, no se puede controlar todo. También hay que decirte de vez en cuando que no hay que huir siempre que algo se te descontrole, porque al fin y al cabo, somos presos de caos. Ni puedes controlar lo que sientes ni lo que piensas, ni mucho menos puedes controlar lo que sienten, piensan y hacen los demás.
Ansiedad podría ser mi segundo nombre. Por no hablar del "Mari Prisas", que llevo por mote. O el saco de nervios que parece muchas veces que soy.
Tenemos, por no decir tengo, que suena muy feo hablar para mí misma, que relajarnos y disfrutar de los segundos que nos acarician levemente la piel. A los segundos que van muriendo para que lleguemos a algún sitio, hay que valorarlos y respetarlos. Pero sin agobios.
El bloque de pisos no tiene la solución de tus problemas. Ir allí a preguntarle al cielo que qué pijo está pasando en tu cabeza, no tiene sentido. Siempre pensando en la forma de huir pero nunca en la de encontrarnos. Y cuando algo se vuelve impredecible, tendemos a salir corriendo. No somos muy amantes de las sorpresas (AUNQUE OS EMPEÑÉIS UNA Y OTRA VEZ EN DECIR QUE LAS SORPRESAS SON BONITAS) porque a nadie le gusta que le rompan sus planes. De verdad, hay una parte de la población que adora la improvisación y que todo se mueva con el viento. Y a mí eso me genera ansiedad sólo de pensarlo.
Lo que últimamente veo a mi alrededor es la evolución de las parejas actuales. Resulta que hay un sector con miedo al compromiso y otro sector con pánico al no compromiso. Es decir, la gente que no soporta la etiqueta de "novio/ pareja" y gente que no soporta el "indefinido". Un ejercicio muy bueno sería intentar ver dónde estamos nosotros pero os puedo asegurar desde ya que estáis en el "depende del momento". JÁ.
Hablando de mi persona, diría que estoy en un miedo al indefinido, más que nada porque eso sería otra vez perder el control de algo, y creo que ha quedado bastante claro que lo de la improvisación, no es lo mío. Pero clasificarte como novio, pues queda feo por eso de las etiquetablablablabla.
Hay que asumir que las palabras varían de significado dependiendo de la persona que la diga.
Por ejemplo, el término "follamigo", que me hace mucha gracia. Bajo mi punto de vista, si es "amigo", no te lo follas. Pero no es tu novio porque no quieres "nada serio". ¿No puede existir una pareja menos seria?
Hay un exceso de palabras a las que no sabemos controlar importante. (Y también existe ese exceso, porque no queremos hablar de lo que sentimos, recapitulando un poco.). Y volvemos a perder el control. Claro, porque llega el día en el que no sabes si tu Rodolfo (por poner un nombre cualquiera) es tu novio, tu follamigo, tu rollo, tu amigo, o es alguien sin definir. Y tu amiga Blablablá te dice que es tu novio. Y tu amigo Blablabló te dice que es tu amigo. Y tú para ti decides que no existe un término. Y ya la hemos liado. Porque te van a preguntar. Y tú vas a tener que contestar. Y no les vale un "aún no lo sé" porque eso significan dudas. Y esas dudas significan que no lo quieres tanto y claro, por no ponerle una palabra, se va todo a la mierda. O resulta que lo tienes tan claro que tú toda orgullosa sueltas un "es mi novio" y ves como los de detrás de ti exclaman a ver a Rodolfo hacer el "moonwalker" y desaparecer con una bomba de humo. Lo que no te han dejado decir es el significado de "novio" que tiene en tu cabeza.
Y ahora pensamos "ya ves, eh, puta sociedad clasista, tete". PUES NO. Los clasistas somos nosotros. Y o empezamos a decir las cosas más claramente, o nos jodemos y buscamos un término que no nos guste, pero que al resto del mundo satisfaga.
O podemos volver detrás del bloque de pisos a medio construir que encuentras al subir la segunda cuesta, en la segunda calle a la derecha.