miércoles, 13 de noviembre de 2013

Las prisas de la expresión.

¿Os imagináis que en el mundo no existiera el silencio? ¿Que no pudiéramos guardar nada para nosotros mismos y todo el tiempo estuviéramos hablando? 
Sería raro, y probablemente, habría mucho ruido. Y el ruido nos provoca dolor de cabeza, claro.
¿Pero por qué siempre decidimos que las partes que más afectan a los demás son las partes que más tenemos que guardar?
Sería extraño que todo el tiempo dijéramos lo que pensamos, o que todo el tiempo expresáramos lo que sentimos. Ahí es donde quiero llegar.
Expresar lo que sentimos. Parece fácil. Parece.

La palabra que más me gusta de todo el diccionario es "huyendo". Tiene una magia especial. Y significa muchas cosas. Puedes huir sin salir de la cama. Incluso puedes huir de ti, sin salir de ti. Se dice que huir es de cobardes, pero tienes que ser muy valiente para desaparecer, otra que me encanta. Huir, desaparecer, ocultarse... Todo ello para evitar la realidad, casi siempre. 
Alguna vez se han sentido mal, ¿verdad? alguna vez han dicho "madre mía, si yo hoy no hubiera salido de la cama...". Tenemos la costumbre de ocultarnos. De evitar tener con nosotros mismos esa conversación en la que pones de manifiesto qué coño, y perdonen la expresión, estamos haciendo con nuestra vida y a dónde la estamos llevando. Bien. 
Es extraño pero es verdad, que cada vez que alguien tiene que tomar un decisión dice lo típico de "déjame solo, que quiero pensar", y nos escondemos. Porque es un escondite lo que encontramos debajo de las sábanas o detrás del bloque de pisos a medio construir que encuentras al subir la segunda cuesta, en la segunda calle a la derecha. Cada uno tiene su pequeño sitio donde se oculta y se siente seguro. 
Hace más de un año que no subo a mi bloque de pisos para pensar detenidamente en algo. Vivimos huyendo y vivimos escondidos. Escondidos y huyendo de nada más que nosotros mismos. Siempre evitamos echarnos la culpa, pero la vida no nos persigue, ni el tiempo tampoco, los únicos que estamos ahí, molestando, somos nosotros mismo. Se podría decir lo típico de "vivimos en un mundo con prisa, de locos" cuando lo que realmente queremos transmitir es "vivimos en una cabeza que siempre me mete prisa, que siempre quiere la máxima rentabilidad en el mínimo tiempo y que siempre quiere la perfección sin ser yo nada de eso." Pero es más largo. (Si alguien ve alguna prisa corriendo por las calles, por favor que le eche una foto, me la mande a mi correo y seguidamente borraré esta entrada y me dedicaré a otras cosas que no sean pensar o escribir)

A lo único que quiero llegar es a decirme a mí misma que el tiempo está claro que no se detiene, pero que tampoco hace falta que intente que cada segundo de mi universo esté controlado. Porque no, Carmen, no se puede controlar todo. También hay que decirte de vez en cuando que no hay que huir siempre que algo se te descontrole, porque al fin y al cabo, somos presos de caos. Ni puedes controlar lo que sientes ni lo que piensas, ni mucho menos puedes controlar lo que sienten, piensan y hacen los demás. 
Ansiedad podría ser mi segundo nombre. Por no hablar del "Mari Prisas", que llevo por mote. O el saco de nervios que parece muchas veces que soy. 

Tenemos, por no decir tengo, que suena muy feo hablar para mí misma, que relajarnos y disfrutar de los segundos que nos acarician levemente la piel. A los segundos que van muriendo para que lleguemos a algún sitio, hay que valorarlos y respetarlos. Pero sin agobios. 
El bloque de pisos no tiene la solución de tus problemas. Ir allí a preguntarle al cielo que qué pijo está pasando en tu cabeza, no tiene sentido. Siempre pensando en la forma de huir pero nunca en la de encontrarnos. Y cuando algo se vuelve impredecible, tendemos a salir corriendo. No somos muy amantes de las sorpresas (AUNQUE OS EMPEÑÉIS UNA Y OTRA VEZ EN DECIR QUE LAS SORPRESAS SON BONITAS) porque a nadie le gusta que le rompan sus planes. De verdad, hay una parte de la población que adora la improvisación y que todo se mueva con el viento. Y a mí eso me genera ansiedad sólo de pensarlo. 

Lo que últimamente veo a mi alrededor es la evolución de las parejas actuales. Resulta que hay un sector con miedo al compromiso y otro sector con pánico al no compromiso. Es decir, la gente que no soporta la etiqueta de "novio/ pareja" y gente que no soporta el "indefinido". Un ejercicio muy bueno sería intentar ver dónde estamos nosotros pero os puedo asegurar desde ya que estáis en el "depende del momento". JÁ.
Hablando de mi persona, diría que estoy en un miedo al indefinido, más que nada porque eso sería otra vez perder el control de algo, y creo que ha quedado bastante claro que lo de la improvisación, no es lo mío. Pero clasificarte como novio, pues queda feo por eso de las etiquetablablablabla.

Hay que asumir que las palabras varían de significado dependiendo de la persona que la diga. 
Por ejemplo, el término "follamigo", que me hace mucha gracia. Bajo mi punto de vista, si es "amigo", no te lo follas. Pero no es tu novio porque no quieres "nada serio". ¿No puede existir una pareja menos seria? 
Hay un exceso de palabras a las que no sabemos controlar importante. (Y también existe ese exceso, porque no queremos hablar de lo que sentimos, recapitulando un poco.). Y volvemos a perder el control. Claro, porque llega el día en el que no sabes si tu Rodolfo (por poner un nombre cualquiera) es tu novio, tu follamigo, tu rollo, tu amigo, o es alguien sin definir. Y tu amiga Blablablá te dice que es tu novio. Y tu amigo Blablabló te dice que es tu amigo. Y tú para ti decides que no existe un término. Y ya la hemos liado. Porque te van a preguntar. Y tú vas a tener que contestar. Y no les vale un "aún no lo sé" porque eso significan dudas. Y esas dudas significan que no lo quieres tanto y claro, por no ponerle una palabra, se va todo a la mierda. O resulta que lo tienes tan claro que tú toda orgullosa sueltas un "es mi novio" y ves como los de detrás de ti exclaman a ver a Rodolfo hacer el "moonwalker" y desaparecer con una bomba de humo. Lo que no te han dejado decir es el significado de "novio" que tiene en tu cabeza. 
Y ahora pensamos "ya ves, eh, puta sociedad clasista, tete". PUES NO. Los clasistas somos nosotros. Y o empezamos a decir las cosas más claramente, o nos jodemos y buscamos un término que no nos guste, pero que al resto del mundo satisfaga. 

O podemos volver detrás del bloque de pisos a medio construir que encuentras al subir la segunda cuesta, en la segunda calle a la derecha. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cría fama y échate a dormir


¡Qué fácil es adquirir una fama y qué difícil es quitársela, tanto para lo bueno como para lo malo! Como diría el refranero español: “Cría fama y échate a dormir”.

Sal un día de fiesta y te llamarán fiestero. No te rías con la primera broma y te llamarán rancio. Acuéstate con un chico y te llamarán “puta”. Mata a un perro y te llamarán mataperros. Pero este no es el tema en el que quiero centrarme. A dónde quiero ir a parar es a la impresión que la gente genera de nosotros, a pesar de no conocernos, a pesar de no saber nuestra historia. Esa gran importancia de la primera impresión. Sobre todo, en los profesores, que es lo que de momento me toca de cerca.

Sé el típico pardillo, sin amigos. Gánate su lástima y tendrás su total protección. Deja que te peguen collejas y serás su enchufado, su protegido. Y si ya sacas notas decentes, serás su niño bueno, el niño perfecto. Ahora que los tienes en el bolsillo, dedícate a no hacer nada, simplemente, a aparentar.

Porque ahora bien, como seas el chico simpático, sin problemas para relacionarse y con confianza en ti mismo (que a veces puede rayar la chulería). Como seas el chico reivindicativo y que no te callas ante las injusticias. Como seas el chico que no aparta la mirada cuando le echan la bronca, siento decirte que estas bien jodido. Cualquier cosa que quieras conseguir te costará mil veces más que al pobre pardillo. Te tendrán encasillado. Con una imagen falsa de ti que será prácticamente imposible de cambiar. Y como algún día, solo un día, se te ocurra decir lo que piensas de verdad, a la cara de la otra persona, estás muerto. Cualquier ocasión será buena para buscar tu culpabilidad, para buscar el dejarte en evidencia delante del resto de compañeros. Pero es mejor que siga así. Porque puede ocurrir que llegado a un punto, se ganen tu confianza, y consigan que te abras a ellos, que te interese tu asignatura y que no la veas como un suplicio, sino como una salvación. Pero lo bonito no dura para siempre, y también llegará un momento en el que, como ya hizo Judas Iscariote una vez, te traicionarán. Te harán sentir “especial” y después te dejarán para el último a la hora de repartir el pan.

Llamadme tonto, pero yo soy  de los segundos. Y esto me ha traído muchos problemas a lo largo de mi corta vida. Soy incapaz de hacer la pelota. De fingir algo que no es cierto. De ir de “jiji” y “jaja” a la cara, y que a la espalda lo más bonito que salga de mi boca es que dicha persona es un completo gilipollas. Soy de esos que se saben de moemoria los zapatos de la gente que le cae mal. Sí, soy de los que con la mirada te pueden transmitir el enfado, el “reto”, la rabia. Y no, no puedo reprimirlo, es más, me gusta ser así. Por eso miro a los zapatos, no por miedo a la otra persona, sino porque prefiero evitar el conflicto directo, prefiero evitar que salten chispas de mis ojos. Porque no hay nada que me irrite más que la gente hipócrita, la gente falsa, los que te prometen el cielo y no te levantan del suelo, la gente que no va de frente. Los que van de amigos y en los momentos complicados te das cuenta de que no están. Los que prefieren irse de fiesta, jugar al fútbol o a la play que escucharte cuando lo necesitas. En fín, que me caliento poco a poco y me desvío del tema.

Con esto llego a la conclusión de que es mejor estar sin amigos, pasándote las clases dibujando o haciendo cualquier otra cosa mientras en tu interior, en tu mente, lo único que haces es despotricar contra la gente que te rodea, pero sin decir nada, que la nota final del curso debe ser un 10.


Rabia es lo que siento,
al ver una injusticia.
Rabia es lo que siento,
cuando miras con malicia.
Pero más rabia siento
cuando muestras tu avaricia.

martes, 14 de mayo de 2013

La estafa de los cuentos.

Nos han engañado. Hemos sido timados de muy mala forma. Nos han estafado. Nos han vendido sueños en mal estado. Nos ofrecieron el cielo y era un cielo lleno de pelo...

Revisemos de nuevo todos los cuentos que nos contaban de pequeños. Pondré de ejemplo las películas de Disney, que todos conocemos:

Chica conoce a chico, se enamoran sin saber quién es el otro, aparece la malvada bruja que intenta arruinarlo todo, pero el bien triunfa y la chica resulta ser una princesa y el chico un príncipe. Se casan. 

Nos han engañado, repito. Nos han estafado. Nos han concienciado de que el amor es lo más importante en la vida. Nos han dicho mil veces que las apariencias engañan y que te enamorarás de la persona que menos te lo esperes. 

Mentira, todo mentira. El amor es una sucia mentira. El amor no dura para siempre. Y el chico no es un príncipe, es un capullo. Con perdón de los capullos vegetales. 

Pero esto tiene su explicación: a las chicas (las princesas) nos han vendido que el amor llegará y, aparte de ser preciosísimo, durará para siempre; y a los chicos (los supuestos príncipes) les han vendido que encontrarán a la más bella de todas, que canta y cuida de los niños, con un arte excepcional. 

¿Es todo una sucia metáfora del machismo? ¿Por qué aún no han hecho a una princesa universitaria? ¿Por qué aún no han hecho que un príncipe se lo tenga que currar de verdad para conseguirla? ¿De verdad con un baile en casa eres capaz de saber quién es la princesa de tu cuento?
Todo es mentira. ¿Acaso la bruja es realmente una bruja? Pues no, todo es cuestión de perspectiva. Pensemos que quizás ha tenido una mala experiencia, o algún trauma en la infancia, todos esos temas que vienen muy bien para describir cualquier problema en la etapa adulta de la vida de alguien. 

Queridos escritores de cuentos: dejaos de dragones y batallas y contadnos la verdad por una vez. Toco madera para que ningún día tenga que hacer el papel de madre. Pero si tuviera esa mala suerte, ¿qué cuentos le cuento a mis hijos? ¿Les leo el mismo machismo de color rosa que me vendieron a mí y provocaron que siempre vaya buscando el supuesto "amor verdadero"? ¿O les leo lo que realmente se van a encontrar? Por ejemplo:

"Érase una vez una niña de 17 años en un baile de primavera. Un baile en el que pensaba que encontraría a su príncipe, ya que el supuesto le había mandado flores y corazones por Whatsapp. Pero no todo es bonito, hija mía, la bruja malvada se convirtió en un polvo blanco llamado "cocaína" y embrujó al príncipe, que atacó brutalmente a la princesa, creándole un trauma para toda la vida."
O quizás, mejor le cuento éste:
"Érase una vez una brujita de 16 años que pensaba que era la princesa de su historia. Como buena princesa, se enamoró de su príncipe, el cual nunca le dijo que él era un príncipe, sí, pero de otra historia. La malvada bruja del cuento de la primera bruja, era en realidad la verdadera princesa de éste príncipe, quedando ambas princesas convertidas en malvadas brujas. Lo que éstas no supieron nunca es que en realidad el principito era un puto capullo." 

No quedan demasiado bien, ¿verdad? Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cambiamos la realidad o cambiamos los cuentos? 
Yo voto por cambiar la realidad y los cuentos, así, a lo loco. Vamos a borrar los prejuicios del amor. Vamos a pensar que el verdadero amor para toda la vida somos nosotros mismos y vamos a cuidarnos como buenas princesas y príncipes que somos. Vamos a respetarnos y vamos a borrar la imagen de "bruja malvada". Y oye, que fluya lo ya antiguamente llamado "amor" y compartamos a los supuestos príncipes, que no nos viene nada mal abrir la mente. 

lunes, 13 de mayo de 2013

Ser feliz es la única opción.

Y el objetivo de la vida, ¿cuál es? Nadie lo sabe, pero todos tratan de encontrar la respuesta al enigma, hallar la piedra filosofal. Craso error. Yo hace tiempo que dejé de preguntarme esto. En realidad, me da igual. Sea cual sea nuestro origen, o nuestro destino tras la vida, lo que debe preocuparnos es el presente. Y cuando digo presente, no me refiero solo al "ahora", si no a toda nuestra vida. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? No importa. Lo que importa es hacer camino al andar. Pero cuando estemos a punto de llegar a nuestro destino, en la última parada del viaje, justo antes de ir hacia la luz, miraremos hacia atrás, y nos arrepentiremos de las huellas que hemos borrado, y rabiaremos de pesar por aquellas huellas que ni siquiera nos atrevimos a marcar.
Dejémonos de metafísica, y centrémonos en el mundo en que nos ha tocado vivir, y vamos a aprovecharlo. Porque de lo único que podemos estar seguros es que nadie, salvo el destino (si alguien cree en él)sabe cuál es el verdadero objetivo de la vida. Mientras que la gente se rompe la cabeza tratando de averiguar esto, yo me limito a pensar que el objetivo es vivir. Suena a tópico, ¿verdad? Pero ¿cuál es si no? Somos materia, somos barro, somos ceniza, y algún día, a eso volveremos. Piensen en los animales, de los cuales hemos evolucionado. ¿Cuál es el objetivo de sus vidas? Reproducirse, comer, subsistir. Nada importante. Entonces, ¿por qué tenemos que pensar que nosotros tenemos una misión más allá de eso? Tenemos la capacidad de razonar. Y esta razón nos ciega, nos mata los instintos, y nos hace olvidar los valores de la vida.
Es curioso, y paradójico. ¿Nos estamos deshumanizando, o humanizando?
Los humanos, al igual que muchos animales, tienen valores y sentimientos. Pero el ser humano esta dejando de lado estos valores.
No voy a indagar más en esta reflexión, piensen ustedes en esta dicotomía, en ese dilema.
Retomando el tema, vida solo hay una, por lo que tenemos dos opciones: disfrutar de ella o, por el contrario, echarla a perder.
Para disfrutar de la vida, lo único que necesitaremos son ganas. ¿De qué? Pues de ser feliz. Ganas de aprovechar cada instante. Ganas de inventar, de no rendirse jamás, porque habrá un momento en que tendremos que rendirnos, pero ese momento, es el más absoluto final. Es la muerte. Nuestra muerte. La gente va y viene, nacen y mueren, y la única pérdida que debe acabar con la ilusión de nuestra vida, es nuestra muerte. Y este fallecimiento tiene que llegar con el fin del funcionamiento del cuerpo. Me explico, hay gente que muere antes que su cuerpo. Que creen que no pueden ser felices, que pierden la ilusión. Me parece triste. ¿Por qué? Porque, a pesar de las penurias, tiene lo más importante, que es vida, y mientras hay vida hay esperanza, mientras hay esperanza, hay ilusión, y mientras hay ilusión, existe la posibilidad de felicidad. Rendirse es el peor error, porque algún día, los años nos obligarán a rendirnos, y entonces no querremos.
¿Qué es la esperanza? ¿La fe? Creer en algo sin tener constancia de que pase. No me voy a meter en temas religiosos. Pero todos tenemos fe en algo. Pues tened fe el que las cosas salen bien. Sed positivos. Estamos de acuerdo en que algo te puede derrumbar los pilares de tu vida, pero tenemos que saber apartarnos para que no nos caiga encima. y si se nos cae, como el Ave Fénix, podemos resurgir y empezar de cero, porque estamos vivos, y solo por eso, ya tenemos la oportunidad.
Cuando nos sucede algo así, que la vida se nos desmorona por cualquier motivo, pensad en que tenéis dos pociones. No superarlo, y pasar el resto de la vida amargado, o tomar nota, pasar página, archivar el libro en la caja de los recuerdos y tirar para delante. Por todo lo que he dicho antes, para mí, esta es la única opción posible. Si la vida te da palos, hazte una cabaña.
Por otra parte, pienso que estamos en un mundo frío. En un planeta cada vez más cálido por el calentamiento global, sí, pero con individuos más fríos. Porque mucha gente ha dejado de ser persona, para convertirse en individuo.
Seres individuales, que no necesitan de otros seres.
Gente que no es capaz de lanzar a un amigo un simple gracias, que no son capaces de ver la cantidad de personas "humanas" que tiene alrededor. Nos encerremos en nuestro interior preocupándonos por nuestros errores, nuestros fracasos, cuando lo más gratificante es compartir estos errores y fracasos con otras personas, y que esas personas lo compartan con nosotros. Es imprescindible vivir en comunidad, y sobre todo en una comunidad de familia y amigos. Pero amigos de verdad. Con los que de verdad poder expresarte, amigos a los que escuchar, y a los que aconsejar. Esos mismos amigos que te escucharán y te aconsejarán. Amigos que se conviertan en una familia muy "ehpecial". Hay que aprender a darse cuenta que lo que de verdad importa en la vida, son las personas. Siempre nos acompañarán en la vida, en nuestro camino. Quizá no las mismas, pero créanme, si encuentran personas a las que aprecian, y quieren mucho aunque no seáis capaz de reconocer, no os desprendáis nunca de ellas. Si algún día creéis que queréis a una persona más que a vosotros mismos, no huyáis. Estad orgullosos y demostrádselo, y si esa persona huye, tened la conciencia tranquila y a superarlo. Lo disteis todo. Esa persona se ha ido, pero ha dejado el hueco para otra.
Sed positivos. Sed felices.

domingo, 12 de mayo de 2013

Un no tan simple "gracias".

Es cierto que todo lo que ha puesto Celestinillo suena muy bien, y que todos nos sentimos alguna vez en la vida como él ha descrito. Pero voy a volver a mi teoría, ¿de verdad necesitas a alguien que te apoye en los momentos duros? 
Bueno, yo creo que cada uno debería aprender a lamerse sus propias heridas porque llegará un punto, al que no sabremos cómo hemos llegado, que quizás, y sólo quizás, no haya nadie ahí para que nos consuele. Quizás esto parece algo impensable, no tener ningún amigo que nos escuche, pero quizás un día se dé el caso. 
Quizá, cambies de ciudad por una beca de la universidad, o quizá en tu trabajo te trasladen, y tengas que empezar todo de cero. Empezar todo de cero no es tan agónico como lo plantean. Empezar todo de cero es escribir un capítulo nuevo en tu vida, es pasar la página de forma obligatoria. Y eso, eso es increíble.  
Puede parecer cobarde lo que digo, que te obliguen a pasar página porque tú no tienes valor a pasarla. Bueno, ¿y qué? Hay cosas que nos atormentan y van más allá de nuestro control. Es el caso que decía antes, si algo de tu vida se te va de las manos, es momento de dejarlo ir. Si no puedes controlarlo, ¿para qué vas a seguir ahí? ¿Para que a la vez que se estrella, te estrelles tú? No, queridos, vamos a empezar a llevar las riendas de nuestra vida. 
Es posible, bueno, no es posible, es una realidad, que yo sea demasiado controladora en el sentido de que quiero que todo lo que ocurre en mi vida, yo lo tenga controlado, y tal vez por ello, odio tanto las sorpresas. Vivimos en un mundo de azar y yo odio las cosas azarosas, ¿irónico, eh? Pero no estoy dispuesta a dejar mi vida en manos de nada ni nadie. 
Lo que Celestinillo decía antes de "un simple gracias", en eso estoy totalmente de acuerdo. Es cierto que deberíamos aprender a sacar fuera los sentimientos, y lo dice la chica que es incapaz de decirle a nadie lo mucho que importa en mi vida. 
La sociedad nos está inyectando en una vacuna mortal la insensibilidad y la frialdad. Y creo que eso es peor que cualquier enfermedad actual. Yo  siempre que puedo intento decir algo que para mí tiene mucho afecto intrínseco en él. Por ejemplo, la palabra "tumor", que a simple vista, parece una palabra que tiene poca gracia y un tono un tanto macabro. Yo soy la primera que me considero un tumor, y a la gente que más quiero, los considero mis tumorcillos. Son pequeñas tonterías que hacen que la gente sonría. Es una forma de demostrar el cariño que, yo por ejemplo, no soy capaz de demostrar con abrazos o besos.
Si os fijáis, en esta entrada estoy usando mucho el "yo". Y no es algo arbitrario. Mi tumorcillo Celes, ha dicho en su anterior entrada que nos limitamos a dar nuestra opinión en las conversaciones y que ya poca gente sabe escuchar. 
Bueno, eso es cuestionable. Por supuesto, lo de que poca gente sabe escuchar es una verdad como un templo, me refiero a lo de que nos limitamos a dar nuestra opinión.
A ver, empecemos por el principio: una conversación consta de un emisor (el que habla), un receptor (el que escucha), el mensaje (lo que decimos) y el medio de transporte (teléfono, aire, mensaje...). Normalmente el mensaje se podría definir, un poco a lo bruto, como un miniartículo de opinión que dices en pocas y breves palabras. Mientras que el receptor, que después será el emisor, procesa la información y elabora su propio miniartículo. Obviamente, en una conversación de amigos, te limitas a contestar con lo que tú has vivido y lo que tú has sentido. Existen muchos tipos de conversaciones, pero generalmente suelen ser así. 
Entonces, ¿en qué momento me he convertido en egocéntrica? ¿En el momento en el que a partir de la experiencia del anterior emisor, le he contado la mía propia? No estoy de acuerdo con él. En una conversación tienes que exponer distintos puntos de vista del tema del que nos basamos. Es decir, si no dijéramos nada de lo que conocemos, ¿qué tipo de conversaciones tendríamos? "-Ayer me pasó una cosa que flipas....(blablabla) -Buah, tío, qué bien. FIN." 
No, una conversación no consiste en eso. Alguien la inicia con el objetivo de que el otro te cuente su experiencia y qué hizo al respecto. Si no hiciéramos eso, nos volveríamos personas distantes y frías, porque no conoceríamos para nada a la otra persona. 
Digamos que si cada vez que alguien dijera algo, tuviéramos que aplaudirle por ello, o rechazarlo, pero no dar nuestra opinión o nuestras vivencias, ¿de verdad hoy estaríamos aquí con un montón de aplicaciones y formas para hablar y conversar? No lo creo. 
Y haciendo ya un resumen, que esto se ha quedado demasiado largo, quiero decir que es cierto que deberíamos ser más humanos, decir "gracias", "te quiero" y "eres alguien importante en mi vida". Es cierto que deberíamos pararnos a escuchar más a los demás y no pensar que nuestros problemas son mucho peores que los suyos. Es cierto que parece que nos estamos deshumanizando. Pero también es cierto que debemos dejar de depender de los demás y que cada uno aprenda a lamerse sus heridas. 
Con esto no quiero decir que yo sea una persona a la que no se le puede contar nada porque pasará de ti. Hay mucha gente que puede dar fe de que esa no es mi actitud, pero también es cierto, que yo no voy a llorar más por los problemas de los demás. 

Un simple gracias


Un simple “gracias”. Eso es lo que a veces nos lleva a romper una gran amistad. ¿Por qué nos cuesta tanto mostrar nuestros sentimientos? ¿Por qué nos cuesta tanto agradecer un pequeño detalle? ¿Por qué cuesta tanto decir “te quiero”? ¿Por qué cuesta tanto hacer felices a las personas que nos rodean? ¿Es que nos estamos deshumanizando?

No será la primera ni la última amistad que se rompe por cualquier chorrada, que poco a poco se va haciendo una gran bola, que nos resulta imposible de digerir. Un simple lo siento lo solucionaría todo. Pero no, somos demasiado orgullosos. ¿Por qué somos tan orgullosos? Y me lo pregunto yo, que posiblemente sea una de las personas más orgullosas que conozco. ¿Por qué no somos capaces de perdonar, si en teoría somos tan racionales? ¿Por qué damos tanta importancia a los pequeños detalles? ¿Es porque son estos detalles los que marcan la diferencia? ¿La diferencia entre un amigo “de fiesta” y un amigo “de corazón”? ¿Por qué tanta pregunta y tan poca respuesta?

Hemos dejado de preocuparnos por los demás y solo pensamos en nosotros mismos. No nos preocupa que las personas que nos rodea se puedan sentir heridas, o por lo menos, no queremos darnos cuenta. Esto no está del todo mal, ¿no? Porque al fin y al cabo, como ya dijo Miss Lemon anteriormente, la vida es un camino en el que al final tan solo estaremos nosotros, solos, sin nadie más. ¿Pero no será mejor recorrer ese camino con gente? Gente que nos apoye en los momentos difíciles y con la que poder compartir los momentos alegres.

 Hace ya un tiempo me di cuenta del egocentrismo que tenemos todos, absolutamente todos. Cualquier conversación se limita a dar nuestra opinión sobre el tema o contar experiencias que nos han ocurrido, muchas veces sin prestar especial atención a lo que nos cuenta la otra persona.  Jugamos a un juego en el que la pelota pasa de uno a otro. Esperamos nuestro turno para contar nuestra historia y devolvemos la pelota. Ahora es a la otra persona a la que le toca hablar y nos pasa de nuevo la pelota. De nuevo somos nosotros los que iniciamos con un nuevo: “Pues yo…”.

Hace tiempo que perdimos la capacidad de escuchar, y solo hay unos pocos privilegiados que la siguen teniendo. Otros la tienen como talento oculto que son incapaces de encontrar,(al fin y al cabo, yo la veo como un talento). Y otros nos limitamos a buscarla en nuestro interior, intentando mejorarla cada día, pero en infinidad de ocasiones, sin darnos cuenta, se nos vuelve a escapara el “yo fui a nosedonde”, o el “yo hice tal cosa o tal otra”.

Necesitamos sentirnos queridos, sentirnos importantes, sentirnos escuchados. Sentir que nuestros problemas le importan a alguien, y que no estamos en este camino solos.

Un simple hola, es lo que nos puede privar de conocer de una amistad para toda la vida. Un simple “te quiero mama” es lo que nos puede pesar en la conciencia cuando ella no esté aquí. Un simple “gracias por estar ahí”, es lo que puede hacer que la próxima vez, esa persona no esté. Un simple detalle es lo que marca la diferencia, lo que distingue al héroe del villano, lo que separa el amor del odio, lo que distingue al que debe permanecer en nuestro camino o abandonarlo para no regresar jamás.

No seamos orgullosos, o por lo menos, limitemos nuestro orgullo, por que llegará un momento en el que quizá, solo quizá, necesitemos a esas personas que abandonaron nuestro camino.

viernes, 10 de mayo de 2013

¿Realmente somos libres?

Hace tiempo que nos creemos libres. Pensamos que la esclavitud se abolió hace mucho. pero a la vez, también sabemos que para lo único que somos libres, es para elegir a qué esclavizarnos. ¡A las nuevas tecnologías? ¿Al tabaco? ¿A la moda?
Se habla de la industria química, de la informática, de la biotecnología, pero la publicidad es el ámbito que está más en auge. Y es que cada vez hay más ingeniosos, diseñadores de ropa que buscan nuevas tendencias, y que investigan un nuevo método para comercializarlas. Restaurantes que buscan proponer nuevas ofertas, nunca antes propuestas. En la actualidad, somos esclavos de las brillantes ideas que tienen los empleados de las personas del poder. Poder económico.
Los publicistas y encargados de marketing de las multinacionales nos manejan con su astucia. Nos llevan a su terreno y, una vez allí, nos hacen desnudar nuestro cuerpo y nuestra mente, y nos endosan sus gustos, tratándonos como maniquíes, o diciéndonos qué debemos comer y dónde.
Hace tiempo que carecemos de personalidad. Lo que hace dos años lo veíamos horrible, hoy lo llevamos en todos los colores posibles.
También nos sentimos atraídos por aquello que sale en la tele o escuchamos en la radio. Nos da confianza. Las multinacionales, presentan en todas sus sucursales la misma estructura y contenido. Ya estés en Tokyo o en Madrid. También entramos en círculos viciosos de opinión. Me explico. Como todo el mundo compra ahí, ¿será por algo, no? Será buena la tienda. Y acabamos por alimentar la fama de la franquicia. Llegamos a pensar que es la mejor tienda, y en otro lado no podremos quedar satisfechos con nuestra compra. Y mientras digo esto me siento mal. No me gusta ser hipócrita, pero estoy atrapado. Reconozco que no me compro ropa fuera de "Inditex", y que si tengo que cenar fuera, será en "McDonald´s". Nos acomodamos en las modas, y quizá sea más fácil que nos digan qué nos tenemos que poner, y qué está de moda y qué anticuado.
Pero estas franquicias generan un problema económico en mucha gente. No en los consumidores, porque las multinacionales suelen plantear ofertas irrechazables, sino en el pequeño autónomo. Esa pequeña tienda de pueblo, incluso de ciudad, queda absorbida por las grandes superficies, porque no pueden competir con las ofertas de las empresas multinacionales, porque éstas, se pueden permitir reducir el margen de ganancia, porque sus ingresos son muy altos.
En fin, pienso que siempre seremos presos de algo. Nunca vamos a ser libres del todo. Los que estáis leyendo o escuchando esto, sabéis que no lo sois. Sabéis que al año que viene, entrareis en una carrera, pero no en la que vosotros queráis, ni en la que os guste, sino en la que está mejor remunerada social o económicamente. Muy pocos seréis capaces de elegir por vuestra voluntad totalmente.
A pesar de que lo sabéis, no haréis nada para remediarlo. Como dice una canción: " sois como corderitos, persiguiendo religiones, sin saber que la verdad se encuentra en nuestros corazones".

jueves, 9 de mayo de 2013

¿Vocación o remuneración?


Médicos, chamanes, curanderos… todos ellos tienen algo en común. Encontrar la cura para los males que nos acechan. Además, todos ellos gozan de gran estima en las sociedades en las que conviven.

Si hace unos años me hablaran de un médico, me vendría a la cabeza una persona preocupada por los demás, humana, cercana al enfermo, que desprenda amor por los cuatro costados y que su presencia inspire paz y sabiduría. Lástima que solo fuera una imagen idealizada. Ahora los veo como seres distantes, extraterrestres que se sienten superiores por tener conocimientos sobre el cuerpo de los que tu careces. Seres fríos, a los que se les llena la boca al decir: “soy médico”. Sentados detrás de su escritorio y despachando pacientes como si de un supermercado se tratase. Seres que no muestran amor por su trabajo ni por el enfermo, solo por el dinero y el reconocimiento.

Si me hablas de un chamán me imagino a un hombre viejo, sabio, bien considerado por los miembros de su tribu, con una profunda paz interior, y que busca ayudar a los demás, no por el dinero, sino por el bienestar de las personas. Esta es la gran diferencia entre estos chamanes y los médicos. Me podrían reprochar que estoy comparando a un “curandero” con un médico que posee multitud de conocimientos, pero, si ambos buscan nuestra cura, y son capaces de encontrarla, ¿por qué no compararlos?

Y es que, hoy por hoy, los médicos poseen un prestigio del que pocos puestos de trabajo pueden presumir. Es por eso por lo que muchos estudiantes quieren llegar a médico. Piensan que se sentirán mejor con ellos mismos si logran una meta tan “difícil” y  lejana. Pero no se dan cuenta, que muchas veces, lo que de verdad nos hace felices y nos llena, lo tenemos delante de nuestras narices. No hay que demostrar nada a nadie, solo a nosotros mismos.

Son miles de niños los que, desde su inocencia, dicen que quieren ser médicos para ayudar a los demás, pero pocos son los que cuando lo consiguen, siguen con esta misma filosofía. Y lo dice uno que los ha tenido de cerca. Desde el momento en el que uno de estos aliens insulta a tu madre pensando que es una enfermera, te replanteas la vocación de dicho señor. Ya no por el hecho de que fuera mi madre, sino por el hecho de tratar de inferior a otra persona que está ejerciendo su oficio. Lo peor es, que tú no puedes hacer nada, no vaya a ser que cometa un “accidental” error en la operación.

Porque fastidia tener cita a las 8:30 y que el señorito no aparezca hasta las 9. Porque también molesta el que salga de trabajar una hora antes para poder abrir su consulta privada y llenar su billetera. Y también te da rabia que no te puedan realizar una intervención por la mañana, porque por la tarde cobran más. Es triste, pero cierto, y a pesar de que somos conscientes de ello, ocurre a diario.

Lo siento por los que vayáis directos a medicina, pero no creo que una nota de un bachiller deba decidir quién tiene vocación de médico y quién no. Porque tan solo es eso, una nota, un número. No entiendo el motivo de privar a la gente que de verdad disfrutaría con lo que hace de conseguir su objetivo. Y perdonad que lo diga, pero generalmente, los de las notas de 13 y pico en selectividad, no son precisamente amor, bondad, cariño  y solidaridad. ¿Qué hace falta nota porque tienen que tener capacidad para adquirir una gran cantidad de conocimientos? Disculpadme pero no lo creo. Si no, ¿por qué veterinaria no está igual considerada que medicina?

En fin, quizás algún día, con suerte, mejore el sistema educativo español, y se permita a cualquier persona conseguir sus objetivos. Tampoco estaría de más que se eliminasen estos prejuicios sobre la superioridad de ciertas profesiones, porque todas, absolutamente todas, son necesarias para el equilibrio de la sociedad.

Sed felices!

miércoles, 8 de mayo de 2013

Desconectado por un día


Todo ha empezado como un reto con mi hermano y conmigo mismo, pero ha acabado como un suplicio, aunque estoy orgulloso de ello. Ayer, en una de esas noches en las que se hablan cosas de hermanos, yo estaba pendiente del móvil y en alguna ocasión no le prestaba atención a Javi. Él se enfadó y me dijo que estaba harto, que le hacía más caso al móvil que a él, y que yo no tenía huevos de estar un día sin móvil. Ahí esta la clave, en esa expresión que mueve el mundo. Y así comenzó el reto. 24 horas sin wasap. 24 horas sin twitter. 24 horas sin hablar con nadie al que no estuviese viendo la cara.
Esta mañana me despierto a las 7:45, y lo primero que hago es mirar el móvil y recuerdo el reto. Lo dejo donde está, en la estantería, me visto y bajo a desayunar. Monto en la moto con mi padre y llego al instituto. De momento todo va bien, aunque noto cierto vacío en mi bolsillo derecho. Te sientes como “desnudo”, pero en realidad lo que sientes es libertad, aunque no sabemos apreciarla.
 Pasan las horas y poco a poco tienes la necesidad de echarle un ojo al wasap o de leer el twitter, pero recuerdas que no lo llevas encima. A cuarta hora la desesperación es máxima. Ya no hay quien aguante las clases.  Si no fuera porque mantengo la vista fija en el segundero del reloj, juraría que el tiempo se para. Cualquier cosa es buena para distraerte y solo te queda ver cómo pasan los minutos, hacer dibujos en la mesa, en un papel o calcular cuantos días, horas o minutos quedan para que acabe este suplicio.
Es curioso, pero cuando no llevas el móvil, te fijas mucho más en las cosas que pasan tu alrededor. O simplemente, piensas en ti, en tus problemas, en tus planes, en tus amigos, en tus cosas. Y no estás pendiente de la vida de los demás en las redes sociales. Quizá este sea uno de los problemas a la hora de conocernos nosotros mismos. Y esque puedes llevar veinte años de tu vida pegado a tu cuerpo. ¿Pero cuantas veces nos hemos parado a pensar en nosotros mismos?¿En dedicar cierto tiempo al dia, a la semana o al mes en hablar con nuestro yo interno? Creo que la mayoría de nosotros coincidiremos en la respuesta.
En uno de esos momentos en los que iba mirando a mi alrededor (concretamente en el tranvía), me ha sorprendido el ver a un señor leyendo un libro. Y sí, me sorprende porque el resto iban móvil en mano. Lo usamos como máquina de teletransporte, para que se nos haga más rápido un trayecto, en lugar de apreciar todo lo que nos rodea. Es como un salvavidas para una persona que no sabe nadar. Nos están deshumanizando, y es que, dependemos de ellos, de los aparatos electrónicos en general. Somos como niños de colegio, enganchados a la cuerda que lleva la señorita para no perdernos.
Y es que, eliminarlo de tu vida es muy complicado una vez que lo comienzas a usar. Hoy por poco me quedo sin ir a entrenar porque no he leído un wasap. Y, ¿quién sabe si me han dicho algo importante y no me he dado cuenta?
Sinceramente, esta tarde he tenido la tentación de conectarlo, pero mi hermano ha aparecido en mi cabeza y he sido incapaz. Ahora, a las once menos cinco, estoy orgulloso de haber pasado veintitrés horas y cincuenta y cinco minutos desconectado de la red. Pero señores, ya toca enchufarlo, que llevo demasiado tiempo suelto de la cuerda y la señorita me va a regañar.

Sed felices!

martes, 7 de mayo de 2013

Atrévete a elegir tu camino.

El hijo de mi amigo Pepe seguía el guion que su padre había previsto para su vida: después de su etapa escolar con un expediente académico brillante y varios veranos de estancia en Londres, cursaba el primer año de Administración de Empresas en una prestigiosa escuela de negocios. Hasta que una tarde, a mitad del segundo trimestre, fue a verlo al despacho y se lo soltó: «Papá, dejo la carrera. El año que viene me matriculo en Comunicación Audiovisual. Quiero ser realizador...» Mi amigo me llamó desesperado: «Ayúdame a disuadirlo. No puedo permitir que cometa semejante error.» Recibí al hijo de mi amigo y hablamos un buen rato. Evidentemente no lo disuadí de nada. Me limité a verificar si la suya era una decisión firme y madura, y efectivamente así me pareció que lo era. Los siguientes tres meses fueron de profunda tensión: mi amigo le cerró el grifo económico y prácticamente le negó la palabra. A su hijo, y también a mí, que intentaba hacerle comprender que era su elección y que no la había tomado irreflexivamente. Su hijo lo pasó muy mal y en más de una ocasión dudó de su decisión. Pero siguió adelante con su plan. Hace unos días desayuné con Pepe. No solo ha aceptado la situación, sino que apoya con entusiasmo la carrera de su hijo. Al hablar de los meses pasados, los resumió en una frase clarividente: «Simplemente no estaba preparado para recibir aquella noticia.

!Qué difícil decisión! Quizá la más importante de nuestra vida. Y se nos plantea demasiado jóvenes y perdidos en el mundo, sin rumbo fijo, sin saber lo que queremos, ni que lo que odiamos, como dice esa canción de Estopa que ponen últimamente mucho en la radio.
Sin saber a que nos queremos dedicar, y en qué consisten en sí las opciones que barajamos, nos obligan a aventurarnos en tomar una decisión. Con este grado de incertidumbre, nerviosismo e ignorancia, es más que probable que fallemos en nuestra elección.
A priori, todo el mundo busca el dinero, el mínimo esfuerzo, un puesto de trabajo seguro...
Solo unos pocos privilegiados son capaces de ver la esencia de este dilema, y como consecuencia, la solución. tenemos que mirar dentro de nosotros, y soñar como hacíamos de pequeños, cuando eramos felices. A mi parecer, en eso consiste la vida. En ser feliz. tenemos que ir más allá de la carrera. De los cursos, y trasladarnos, viajar en el futuro hasta el puesto de trabajo que soñamos en nuestro interior. No aquel puesto con el que sueñan nuestros padre, nuestros amigos, o la sociedad capitalista movida por el dinero en general.
Mucha gente lo tiene fácil. Tienen vocación. Otra, en cambio, creen que no. Solo lo creen. Porque en 18 años cada persona se conoce suficientemente a sí misma como para saber que le gusta, y a qué se quiere dedicar. Pero no se atreven. No echan a correr detrás de sus sueños. Simplemente los guardan y los archivan. ¿Por miedo? Pues posiblemente. Pero, ¿a qué? ¿A que tus padres, amigos o incluso desconocidos piensen que has fracasado? ¿¿Que te has quedado a medio camino? Queridos amigos, a lo que debéis tener en realidad miedo es a trabajar en algo que no os gusta. Por mucho dinero que cobréis, por muy bien considerados socialmente que esteis,no vais a rellenar vuestra vida, porque con billetes no se cubren las horas de trabajo que se echan al día, ni los más de cuarenta años que os vais a pasar madrugando para acudir a ese puesto tan prestigioso. Lo que en realidad lo cubre es el amor y la pasión. Ese es el camino de la vida. Y la última parada es la felicidad.
Nuestra vida la podríamos partir en dos: el ocio, y el negocio, como hacían los antiguos romanos, que denominaban ocio al tiempo libre, y negocio al tiempo no libre. Al trabajo.
Tanto la pasión como el amor rigen ambas partes. En el ocio, es indispensable tener una pareja a la que amar cada día. En su día, también se tuvo que tomar una decisión importante. Y si la decisión fue acertada, en el ocio no habrá frustración, solo felicidad. En cambio si somos superficiales en la decisión, podemos emparejarnos con la persona equivocada y sufrir.
Pues en el negocio pasa igual. Si se tiene ilusión por ir cada día, y pasión a la hora de desempeñar nuestro trabajo, seremos felices.
El ocio y el negocio, no coinciden en el tiempo, pero ambos tienen que estar en óptimas condiciones para satisfacer el verdadero objetivo de nuestra vida.
una parte depende de la otra. Si en el trabajo nos va mal, afectará a la vida en casa, y viceversa.
Conforme escribo, estoy recordando mi viaje a Italia de intercambio, y aún estando solo una semana en la casa, vi en los ojos de mi "padre adoptivo" la amargura que su trabajo le producía. No quería ir. No le gustaba. Pero ya era tarde, ya estaba atrapado y con la presión de cuidar de una familia. No podía cambiar. No podía experimentar.
Pero ustedes si que pueden, están a tiempo de elegir.

Cuando el balón rueda sobre el dinero

“Con permiso de todos estos cinco gobiernos de la democracia, el fútbol ha campado a sus anchas y no ha habido uno solo que le haya apretado las clavijas. Ha tenido que ser Europa la que nos llame la atención sobre las deudas generadas durante años por estas instituciones deportivas, que han hecho de su capa un sayo. A consecuencia de esta demanda, algunos clubes se encuentran a punto de desaparecer.
Lo que no se puede tener es una Federación bajo sospecha, en la que se sigue mangoneando o con los mismos dirigentes haciendo y deshaciendo a su antojo. Tampoco se pueden pagar cantidades astronómicas por determinadas figuras sin ningún control oficial. Por eso ahora, quitando dos clubes, el resto está pasando apuros e incluso algunos están bajo mínimos porque deben más de 4.000 millones y están entrampados con Hacienda por más de 700.
Esto demuestra que ningún gobierno ha prestado la debida atención, y de aquellos polvos vienen estos lodos de crisis, donde mientras se cierran las empresas por no poder pagar, estos privilegiados deportistas reciben ayudas y aplazamientos a cargo del gobierno de turno y de unas entidades financieras que también son culpables en parte de todo este desbarajuste nacional. Que algunas de estas entidades deportivas tiendan a desaparecer me tiene sin cuidado, lo que sí me preocupa es que lo hagan las empresas convertidas hoy en día en factorías del paro.”
Me parece indignante la inmunidad de la que gozan ciertas entidades deportivas ante los impagos. Y digo ciertas, porque solo son los clubs de más alto “standing” los que se benefician de esto. Los pequeños clubes, esos de 2ªB o tercera división que no tienen dinero para pagar a sus jugadores, o esos en los que miles de niños disfrutan con cada día de entrenamiento, están abocados a la desaparición.
Los grandes clubes son los que mayor deuda tienen, pero también los más inmunes ante la ley. ¿Por qué?, posiblemente por la importancia social de dichas entidades, y por “favores” entre los altos cargos que no salen a la luz. Estamos en un país en el que, hablando en plata, se putea a los pequeños, y se les consiente todo a los grandes. Podríamos poner el ejemplo de ciertos personajes públicos que han defraudado miles de millones a Hacienda y que han salido impunes, mientras que otras personas, por robar para sobrevivir, han acabado en la cárcel. Pero bueno, este no es el tema en el que quiero centrarme.
Sinceramente, y como aficionado del fútbol que soy, a mi no me daría igual que desaparecieran los club. Y tampoco les daría igual a todos los aficionados de estos clubes, los niños que juegan en sus bases y básicamente, al deporte en general. Además, los jugadores serían los más perjudicados. Porque a pesar de la imagen que tenemos, no todos los futbolistas tienen clausulas millonarias. Eso es lo que nos hace creer la televisión, pero tan solo son unos pocos los elegidos. El resto, con familias que mantener, aumentarían las colas del paro, porque al fin y al cabo, son trabajadores de una empresa privada.
Con esto no quiero defender que las entidades deportivas deban gozar de mayor inmunidad que cualquier otra empresa privada. Lo que me gustaría es que se aplicara en todas, como empresas que son, los mismos criterios. Y no forzar la desaparición de miles de pequeños comercios, que es lo que se está haciendo con tantas nuevas leyes, multas e impuestos, que hacen que los empresarios vayan con el agua al cuello. Porque también es para reírse (por no llorar), los casos en los que desaparecen empresas que no pueden pagar a Hacienda, porque a estas empresas se les debe dinero. Lo curioso del tema está en que son los propios Ayuntamientos los que les deben ingentes sumas de dinero a estos empresarios. Así entramos en un círculo vicioso que siempre acaba perjudicando a la clase media.
Volviendo al tema, los eventos deportivos siempre son beneficiosos para un país o una ciudad, por ello no deberían desaparecer. Mueven grandes masas que benefician a múltiples sectores enriqueciendo la economía de la zona. Pero quizás se deberían llevar un control más estricto de los gastos viendo la situación económica actual. Aunque…  quién sabe, a lo mejor a los de “arriba” no les interesa…

La LOMCE contada desde el pupitre.


"El proyecto de Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa elimina la obligatoriedad de enseñar Historia de la Filosofía en segundo de Bachillerato. Las consecuencias formativas serán graves. Sin esa asignatura, un bachiller desconocerá, por ejemplo, el significado de la democracia al no estudiar las aportaciones de Locke, Rousseau, Habermas; el fundamento de la justicia, al ignorar a Aristóteles, Stuart Mill, Rawls; el valor de la dignidad humana, al no estudiar a Kant y a la Escuela de Frankfurt. No podrá apreciar el arte del Renacimiento y el Barroco sin el neoplatonismo y Leibniz, respectivamente; la belleza de la poesía romántica, sin las teorías de Schiller y Hegel; el sentido de las vanguardias artísticas, sin Kierkegaard y Freud. Las literaturas española y europea contemporáneas serán incomprensibles porque Schopenhauer, Nietzsche y Sartre, serán solo nombres vacíos. Y sin Descartes, Comte o Popper, se verá incapaz de valorar el impacto social de la ciencia. Además ¿cómo entenderá la sociedad en que vive? Marx y Russell serán espectros, y Hannah Arendt, Simone de Beauvoir y María Zambrano jamás habrán existido.
La Historia de la Filosofía es la llave formativa que da acceso, integra y culmina la comprensión del resto de áreas de conocimiento. El resto es silencio."


Es indignante. Y cuando digo indignante lo digo de la forma más suave que se me ocurre. Los de arriba lo único que quieren es gobernar en un país de ignorantes, de borregos, de máquinas de trabajar. Es indignante, reitero, que esto se permita. Y es que me resulta vergonzoso que los políticos manejen la educación como a ellos les convenga.
Pero ya no sólo por esta reforma. Cada vez que llega un partido al gobierno tiene que dejar su huella en la educación. Y estamos hartos. Hartos. Lo gracioso es que esto que parece una invención del señorito Wert, es una mala (como casi todo lo que hacen) copia del sistema educativo alemán. “Potenciemos las tecnologías y los idiomas, creemos una importante fuga de cerebros para que aquí sólo se queden o los pobres, o los tontos. Seamos un país de animales de tiro, de máquinas de trabajar” Esto supongo que será lo que piensan (si es que hacen la sinapsis en su orden correcto y se puede denominar así) los que han tenido la genial idea de implantar un sistema que ya está demostrado que falla. Claro que también alguien me puede salir con el argumento de que en Alemania hay una investigación y desarrollo de las mejores del mundo, o unos ingenieros envidiables. Pero ¿alguien se ha parado a pensar en la diferencia de clases tan acusadas de este país? ¿De verdad compensa? ¿Alguien ha podido pensar que quizás gran parte de los ingenieros de cine de los que presume este país no sean alemanes, o que no hayan estudiado allí? Exacto, eso a nadie le interesa mencionarlo.
Hace un par de días nuestro “supercapacitado” ministro de educación dijo una perla tan brillante como el sol al que ponen su cara con la camisa nueva: “Los universitarios tienen que estudiar lo que les emplee”. Es decir, si no hay trabajo de lo que te gusta, te aguantas. Estúdiate una ingeniería y te vas a Alemania a buscarte un oficio. Porque, obviamente, conocer de dónde vienen nuestras lenguas, conocer los errores históricos que cometemos en este país una y otra vez, conocer quién ideó un sistema político de una u otra ideología, todas esas cosas son banalidades comparadas con qué fue el primer átomo que creó todo lo que conocemos ahora. Pues, queridos científicos, eso también tiene su filosofía. Quiero recordar la presencia de asignaturas de historia o filosofía en casi todas las carreras, tanto humanísticas, científicas o sociales.
Y volviendo al tema del texto, la filosofía nos ayuda a pensar. Nos enseña, mejor dicho. Yo recuerdo mis tardes estudiando la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Esas tardes yo no sólo me aprendía cuatro folios de “pe a pa” y punto. Ese día comencé a hacerme una pregunta que hacía mucho tiempo que no me preguntaba: ¿de verdad todo ha surgido porque sí y no hay nada que lo haya provocado? Y si existe ese algo, ¿quién o qué la hizo o pasó para que existiera? Pero claro, y con esto quiero concluir, a los gobernantes no les interesa que seamos capaces de reflexionar sobre algo, capaces de buscarles objeciones o capaces de reducir al absurdo una teoría tan bien lograda. Porque si podemos hacerlo, ¿quién se creerá sus estúpidos mensajes alegando como argumento principal que “todo es falso menos lo que es cierto”?

lunes, 6 de mayo de 2013

La importancia de uno mismo.


"Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila."


“Qué bonito es el amor ahora que tú estás en él” dice la canción. “Qué bonito es el mundo ahora que alguien piensa así” digo yo. Creo que es el comentario más profundo, el que más me ha llegado de todo el curso. Soy una persona que valora los objetos materiales, sí, pero po algo. Todo lo que guardo es por una razón. Creo que le doy demasiada importancia a los sentimientos. Considero que el mundo debería dártelo todo para que sólo te preocuparas de ser feliz. Alguien dijo una vez en mi casa que no estaba de acuerdo con el régimen de Venezuela porque consideraba que te lo daba todo “demasiado hecho” y no tenían que buscarse la vida. ¿Por qué no es bueno eso? ¿Por qué no centrarte simplemente en ser feliz, sin preocupaciones del estilo “no puedo pagar la hipoteca” o “no encuentro trabajo y no puedo dar de comer a mis hijos”? El mundo se ha vuelto demasiado materialista. La peor enfermedad hasta ahora se llama consumismo y no tiene cura. Hace unos meses, hablando con un amigo, llegamos a un acuerdo: si conseguíamos el dinero suficiente para vivir sin preocupaciones, montaríamos una consulta totalmente gratuita, con servicio de buena calidad, para problemas psicológicos. Lo dijimos porque estamos de acuerdo en una cosa: no queremos dinero, no queremos prestigio, queremos ayudar. Yo no quiero ser la alumna del año, no quiero que me nombren la mejor en nada. Básicamente, porque me da igual, yo lo único que quiero y valoro es la armonía en mi cabeza. Hace unos días mi hermano no entendía por qué yo no quería presentarme a ningún concurso donde se publicara mi cuento. No me importa el dinero, no me importa el reconocimiento, lo único que quiero es que la valoren a ella, que valoren a Sandy y lo que tiene que contar. (Sandy es la protagonista) No necesito nada porque para mí ella no tiene precio. Pero es que ella no ha acabado de contarme su historia. No quiero reconocimientos, no quiero que me digan lo bien que escribo o lo bonito qué es. No quiero, porque no me sirve para nada. Lo único que me importa es que yo esté contenta con lo que he escrito, que me satisfaga a mí misma, que me emocione. Parece una actitud egoísta y egocéntrica… ¿y qué? Al fin y al cabo, la vida es un camino al que llegará y del que partirá mucha gente, pero la única que estará pase lo que pase, soy yo. ¿De qué sirve ser dulzura y amor con todo el mundo, de qué sirve que todos me quieran si yo no soy capaz de mirarme al espejo, si no soy capaz de soportarme? Yo contesto: de nada. No es la primera vez que un genio de cualquier campo se suicida, y todos lo adoraban, pero no se podía soportar. Y sé que no soy la persona más optimista del mundo, ni la persona que realmente hace lo de “yo primero y el mundo después”, pero es mi asignatura pendiente. “Si quieres ayudar a los demás, empieza por ayudarte a ti misma”, me dijo Sandy un día. Y yo, por mi parte, lo tengo claro: la vida no acaba con la pérdida de un amigo, no se acaba por suspender un examen; la vida se acaba cuando su protagonista no sabe continuar la historia, cuando no puede aguantar el peso de su historia.