miércoles, 15 de mayo de 2013

Cría fama y échate a dormir


¡Qué fácil es adquirir una fama y qué difícil es quitársela, tanto para lo bueno como para lo malo! Como diría el refranero español: “Cría fama y échate a dormir”.

Sal un día de fiesta y te llamarán fiestero. No te rías con la primera broma y te llamarán rancio. Acuéstate con un chico y te llamarán “puta”. Mata a un perro y te llamarán mataperros. Pero este no es el tema en el que quiero centrarme. A dónde quiero ir a parar es a la impresión que la gente genera de nosotros, a pesar de no conocernos, a pesar de no saber nuestra historia. Esa gran importancia de la primera impresión. Sobre todo, en los profesores, que es lo que de momento me toca de cerca.

Sé el típico pardillo, sin amigos. Gánate su lástima y tendrás su total protección. Deja que te peguen collejas y serás su enchufado, su protegido. Y si ya sacas notas decentes, serás su niño bueno, el niño perfecto. Ahora que los tienes en el bolsillo, dedícate a no hacer nada, simplemente, a aparentar.

Porque ahora bien, como seas el chico simpático, sin problemas para relacionarse y con confianza en ti mismo (que a veces puede rayar la chulería). Como seas el chico reivindicativo y que no te callas ante las injusticias. Como seas el chico que no aparta la mirada cuando le echan la bronca, siento decirte que estas bien jodido. Cualquier cosa que quieras conseguir te costará mil veces más que al pobre pardillo. Te tendrán encasillado. Con una imagen falsa de ti que será prácticamente imposible de cambiar. Y como algún día, solo un día, se te ocurra decir lo que piensas de verdad, a la cara de la otra persona, estás muerto. Cualquier ocasión será buena para buscar tu culpabilidad, para buscar el dejarte en evidencia delante del resto de compañeros. Pero es mejor que siga así. Porque puede ocurrir que llegado a un punto, se ganen tu confianza, y consigan que te abras a ellos, que te interese tu asignatura y que no la veas como un suplicio, sino como una salvación. Pero lo bonito no dura para siempre, y también llegará un momento en el que, como ya hizo Judas Iscariote una vez, te traicionarán. Te harán sentir “especial” y después te dejarán para el último a la hora de repartir el pan.

Llamadme tonto, pero yo soy  de los segundos. Y esto me ha traído muchos problemas a lo largo de mi corta vida. Soy incapaz de hacer la pelota. De fingir algo que no es cierto. De ir de “jiji” y “jaja” a la cara, y que a la espalda lo más bonito que salga de mi boca es que dicha persona es un completo gilipollas. Soy de esos que se saben de moemoria los zapatos de la gente que le cae mal. Sí, soy de los que con la mirada te pueden transmitir el enfado, el “reto”, la rabia. Y no, no puedo reprimirlo, es más, me gusta ser así. Por eso miro a los zapatos, no por miedo a la otra persona, sino porque prefiero evitar el conflicto directo, prefiero evitar que salten chispas de mis ojos. Porque no hay nada que me irrite más que la gente hipócrita, la gente falsa, los que te prometen el cielo y no te levantan del suelo, la gente que no va de frente. Los que van de amigos y en los momentos complicados te das cuenta de que no están. Los que prefieren irse de fiesta, jugar al fútbol o a la play que escucharte cuando lo necesitas. En fín, que me caliento poco a poco y me desvío del tema.

Con esto llego a la conclusión de que es mejor estar sin amigos, pasándote las clases dibujando o haciendo cualquier otra cosa mientras en tu interior, en tu mente, lo único que haces es despotricar contra la gente que te rodea, pero sin decir nada, que la nota final del curso debe ser un 10.


Rabia es lo que siento,
al ver una injusticia.
Rabia es lo que siento,
cuando miras con malicia.
Pero más rabia siento
cuando muestras tu avaricia.

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