lunes, 6 de mayo de 2013

La importancia de uno mismo.


"Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila."


“Qué bonito es el amor ahora que tú estás en él” dice la canción. “Qué bonito es el mundo ahora que alguien piensa así” digo yo. Creo que es el comentario más profundo, el que más me ha llegado de todo el curso. Soy una persona que valora los objetos materiales, sí, pero po algo. Todo lo que guardo es por una razón. Creo que le doy demasiada importancia a los sentimientos. Considero que el mundo debería dártelo todo para que sólo te preocuparas de ser feliz. Alguien dijo una vez en mi casa que no estaba de acuerdo con el régimen de Venezuela porque consideraba que te lo daba todo “demasiado hecho” y no tenían que buscarse la vida. ¿Por qué no es bueno eso? ¿Por qué no centrarte simplemente en ser feliz, sin preocupaciones del estilo “no puedo pagar la hipoteca” o “no encuentro trabajo y no puedo dar de comer a mis hijos”? El mundo se ha vuelto demasiado materialista. La peor enfermedad hasta ahora se llama consumismo y no tiene cura. Hace unos meses, hablando con un amigo, llegamos a un acuerdo: si conseguíamos el dinero suficiente para vivir sin preocupaciones, montaríamos una consulta totalmente gratuita, con servicio de buena calidad, para problemas psicológicos. Lo dijimos porque estamos de acuerdo en una cosa: no queremos dinero, no queremos prestigio, queremos ayudar. Yo no quiero ser la alumna del año, no quiero que me nombren la mejor en nada. Básicamente, porque me da igual, yo lo único que quiero y valoro es la armonía en mi cabeza. Hace unos días mi hermano no entendía por qué yo no quería presentarme a ningún concurso donde se publicara mi cuento. No me importa el dinero, no me importa el reconocimiento, lo único que quiero es que la valoren a ella, que valoren a Sandy y lo que tiene que contar. (Sandy es la protagonista) No necesito nada porque para mí ella no tiene precio. Pero es que ella no ha acabado de contarme su historia. No quiero reconocimientos, no quiero que me digan lo bien que escribo o lo bonito qué es. No quiero, porque no me sirve para nada. Lo único que me importa es que yo esté contenta con lo que he escrito, que me satisfaga a mí misma, que me emocione. Parece una actitud egoísta y egocéntrica… ¿y qué? Al fin y al cabo, la vida es un camino al que llegará y del que partirá mucha gente, pero la única que estará pase lo que pase, soy yo. ¿De qué sirve ser dulzura y amor con todo el mundo, de qué sirve que todos me quieran si yo no soy capaz de mirarme al espejo, si no soy capaz de soportarme? Yo contesto: de nada. No es la primera vez que un genio de cualquier campo se suicida, y todos lo adoraban, pero no se podía soportar. Y sé que no soy la persona más optimista del mundo, ni la persona que realmente hace lo de “yo primero y el mundo después”, pero es mi asignatura pendiente. “Si quieres ayudar a los demás, empieza por ayudarte a ti misma”, me dijo Sandy un día. Y yo, por mi parte, lo tengo claro: la vida no acaba con la pérdida de un amigo, no se acaba por suspender un examen; la vida se acaba cuando su protagonista no sabe continuar la historia, cuando no puede aguantar el peso de su historia.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario