Médicos, chamanes, curanderos… todos ellos tienen algo en
común. Encontrar la cura para los males que nos acechan. Además, todos ellos
gozan de gran estima en las sociedades en las que conviven.
Si hace unos años me hablaran de un médico, me vendría a la
cabeza una persona preocupada por los demás, humana, cercana al enfermo, que
desprenda amor por los cuatro costados y que su presencia inspire paz y sabiduría.
Lástima que solo fuera una imagen idealizada. Ahora los veo como seres
distantes, extraterrestres que se sienten superiores por tener conocimientos
sobre el cuerpo de los que tu careces. Seres fríos, a los que se les llena la
boca al decir: “soy médico”. Sentados detrás de su escritorio y despachando
pacientes como si de un supermercado se tratase. Seres que no muestran amor por
su trabajo ni por el enfermo, solo por el dinero y el reconocimiento.
Si me hablas de un chamán me imagino a un hombre viejo,
sabio, bien considerado por los miembros de su tribu, con una profunda paz
interior, y que busca ayudar a los demás, no por el dinero, sino por el
bienestar de las personas. Esta es la gran diferencia entre estos chamanes y
los médicos. Me podrían reprochar que estoy comparando a un “curandero” con un
médico que posee multitud de conocimientos, pero, si ambos buscan nuestra cura,
y son capaces de encontrarla, ¿por qué no compararlos?
Y es que, hoy por hoy, los médicos poseen un prestigio del que
pocos puestos de trabajo pueden presumir. Es por eso por lo que muchos estudiantes
quieren llegar a médico. Piensan que se sentirán mejor con ellos mismos si
logran una meta tan “difícil” y lejana.
Pero no se dan cuenta, que muchas veces, lo que de verdad nos hace felices y
nos llena, lo tenemos delante de nuestras narices. No hay que demostrar nada a
nadie, solo a nosotros mismos.
Son miles de niños los que, desde su inocencia, dicen que
quieren ser médicos para ayudar a los demás, pero pocos son los que cuando lo
consiguen, siguen con esta misma filosofía. Y lo dice uno que los ha tenido de
cerca. Desde el momento en el que uno de estos aliens insulta a tu madre
pensando que es una enfermera, te replanteas la vocación de dicho señor. Ya no
por el hecho de que fuera mi madre, sino por el hecho de tratar de inferior a
otra persona que está ejerciendo su oficio. Lo peor es, que tú no puedes hacer
nada, no vaya a ser que cometa un “accidental” error en la operación.
Porque fastidia tener cita a las 8:30 y que el señorito no
aparezca hasta las 9. Porque también molesta el que salga de trabajar una hora
antes para poder abrir su consulta privada y llenar su billetera. Y también te
da rabia que no te puedan realizar una intervención por la mañana, porque por
la tarde cobran más. Es triste, pero cierto, y a pesar de que somos conscientes
de ello, ocurre a diario.
Lo siento por los que vayáis directos a medicina, pero no
creo que una nota de un bachiller deba decidir quién tiene vocación de médico y
quién no. Porque tan solo es eso, una nota, un número. No entiendo el motivo de
privar a la gente que de verdad disfrutaría con lo que hace de conseguir su
objetivo. Y perdonad que lo diga, pero generalmente, los de las notas de 13 y
pico en selectividad, no son precisamente amor, bondad, cariño y solidaridad. ¿Qué hace falta nota porque
tienen que tener capacidad para adquirir una gran cantidad de conocimientos?
Disculpadme pero no lo creo. Si no, ¿por qué veterinaria no está igual
considerada que medicina?
En fin, quizás algún día, con suerte, mejore el sistema
educativo español, y se permita a cualquier persona conseguir sus objetivos.
Tampoco estaría de más que se eliminasen estos prejuicios sobre la superioridad
de ciertas profesiones, porque todas, absolutamente todas, son necesarias para
el equilibrio de la sociedad.
Sed felices!
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