domingo, 12 de mayo de 2013

Un simple gracias


Un simple “gracias”. Eso es lo que a veces nos lleva a romper una gran amistad. ¿Por qué nos cuesta tanto mostrar nuestros sentimientos? ¿Por qué nos cuesta tanto agradecer un pequeño detalle? ¿Por qué cuesta tanto decir “te quiero”? ¿Por qué cuesta tanto hacer felices a las personas que nos rodean? ¿Es que nos estamos deshumanizando?

No será la primera ni la última amistad que se rompe por cualquier chorrada, que poco a poco se va haciendo una gran bola, que nos resulta imposible de digerir. Un simple lo siento lo solucionaría todo. Pero no, somos demasiado orgullosos. ¿Por qué somos tan orgullosos? Y me lo pregunto yo, que posiblemente sea una de las personas más orgullosas que conozco. ¿Por qué no somos capaces de perdonar, si en teoría somos tan racionales? ¿Por qué damos tanta importancia a los pequeños detalles? ¿Es porque son estos detalles los que marcan la diferencia? ¿La diferencia entre un amigo “de fiesta” y un amigo “de corazón”? ¿Por qué tanta pregunta y tan poca respuesta?

Hemos dejado de preocuparnos por los demás y solo pensamos en nosotros mismos. No nos preocupa que las personas que nos rodea se puedan sentir heridas, o por lo menos, no queremos darnos cuenta. Esto no está del todo mal, ¿no? Porque al fin y al cabo, como ya dijo Miss Lemon anteriormente, la vida es un camino en el que al final tan solo estaremos nosotros, solos, sin nadie más. ¿Pero no será mejor recorrer ese camino con gente? Gente que nos apoye en los momentos difíciles y con la que poder compartir los momentos alegres.

 Hace ya un tiempo me di cuenta del egocentrismo que tenemos todos, absolutamente todos. Cualquier conversación se limita a dar nuestra opinión sobre el tema o contar experiencias que nos han ocurrido, muchas veces sin prestar especial atención a lo que nos cuenta la otra persona.  Jugamos a un juego en el que la pelota pasa de uno a otro. Esperamos nuestro turno para contar nuestra historia y devolvemos la pelota. Ahora es a la otra persona a la que le toca hablar y nos pasa de nuevo la pelota. De nuevo somos nosotros los que iniciamos con un nuevo: “Pues yo…”.

Hace tiempo que perdimos la capacidad de escuchar, y solo hay unos pocos privilegiados que la siguen teniendo. Otros la tienen como talento oculto que son incapaces de encontrar,(al fin y al cabo, yo la veo como un talento). Y otros nos limitamos a buscarla en nuestro interior, intentando mejorarla cada día, pero en infinidad de ocasiones, sin darnos cuenta, se nos vuelve a escapara el “yo fui a nosedonde”, o el “yo hice tal cosa o tal otra”.

Necesitamos sentirnos queridos, sentirnos importantes, sentirnos escuchados. Sentir que nuestros problemas le importan a alguien, y que no estamos en este camino solos.

Un simple hola, es lo que nos puede privar de conocer de una amistad para toda la vida. Un simple “te quiero mama” es lo que nos puede pesar en la conciencia cuando ella no esté aquí. Un simple “gracias por estar ahí”, es lo que puede hacer que la próxima vez, esa persona no esté. Un simple detalle es lo que marca la diferencia, lo que distingue al héroe del villano, lo que separa el amor del odio, lo que distingue al que debe permanecer en nuestro camino o abandonarlo para no regresar jamás.

No seamos orgullosos, o por lo menos, limitemos nuestro orgullo, por que llegará un momento en el que quizá, solo quizá, necesitemos a esas personas que abandonaron nuestro camino.

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